Grandes despedidas
He dejado el trabajo. Cuando sólo faltaban unos pocos días para el 30 de junio, fecha en la que vencía un contrato que no tenía intención de renovar, he cogido la puerta y les he deseado que les vaya bonito. Escanear toda clase de documentos durante todo el santo día no es precisamente apasionante, y después de un año y medio ya iba siendo hora de cambiar. Y entraba dentro de lo razonable que buscaran a alguien para sustituirme, y que antes de marcharme enseñara a dichos sustitutos los pormenores de mi labor. Pero cual fue mi sorpresa al descubrir que una de esas personas no estaba en absoluto capacitada para realizar dicho trabajo y que todos los esfuerzos por mi parte serían inútiles. Y en vista de que los jefes no quisieron entrar en razones, comprendí que lo mejor era rellenar el módulo de dimisión, entregarlo, y a vivir en santa paz. Y a emprender nuevos proyectos, cada vez más cercanos.
Al día siguiente, me enteré de quién era la otra persona que venía a sustituirme: la mujer de mi jefe. Sobran más comentarios.







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